lunes, 3 de febrero de 2014

Hojas de albahaca

HOJAS DE ALBAHACA

Me llamo Clara, tengo veintisiete años y soy licenciada. Han pasado dos años y sigo sin encontrar trabajo, ya vendrán tiempos mejores, pues esta crisis nos ha regalado a los jóvenes un presente difícil y un futuro inmediato lleno de sombras. Por eso cocino, para no pensar en la monotonía de las horas sucesivas ni el salto de los días en el calendario de esta vida sin obligaciones. La cocina es mi lugar favorito de la casa, entro allí y me relajo. Me gusta mucho la gastronomía italiana, el queso y algunas recetas vegetarianas. Uso siempre aceite de oliva virgen extra -oro líquido lo llaman algunos- y la sal justa para que la comida no esté sosa, porque me gustan los platos sabrosos. Utilizo muchas hierbas aromáticas, me encanta jugar con las posibilidades de las especias, eso me permite dar un toque personal a cada plato. ¿Mis postres preferidos? Mmm... ¡qué difícil elegir! Tal vez las natillas caseras con cáscara de limón y canela, el tiramisú, los helados y los sorbetes. Cocinar es para mí una diversión, casi una fiesta privada en la que participan los cinco sentidos: el olfato, la vista, el tacto, incluso el oído y, sobre todo, el gusto.

Son las ocho y media de la tarde, entro en la cocina, abro la nevera y miro en su interior a ver qué alimentos me quedan. Elijo algunos ingredientes casi al azar, cojo todo aquello que está a punto de echarse a perder pero que aún está en perfectas condiciones. Lo amontono en el banco y analizo la mezcla de productos. Siempre lo hago igual, cuando no sé qué plato quiero preparar, improviso una nueva receta rápida, sana y espontánea. Y al instante aparece una sonrisa en mis labios, cocinar siempre me da risa porque me hace feliz. Tengo una maceta de albahaca y me gusta arrancar las hojas de una en una, lentamente, sin prisa. Tocarlas, olerlas. A veces la riego con pequeñas gotas de agua que parece una delicada lluvia fertilizante y, sin saber por qué, se refleja en mi ser una nube blanca llena de luz y de esperanza.

Voy a preparar una salsa pesto. Busco el mortero, machaco el ajo, añado las hojitas de albahaca cortadas en juliana y doy golpes suaves pero enérgicos, con amor, con cariño. Añado después bastante aceite de oliva y el queso parmesano rallado, a veces también le agrego piñones. Lo remuevo todo hasta lograr una salsa homogénea y lo dejo reposar unos minutos. Mientras, los tallarines ya se han hervido, apago el fuego, escurro el líquido y reservo la pasta. No suelo hacer esto para cenar, pero hoy es un día especial. Mi compañero está a punto de llegar a casa y este es uno de sus platos preferidos. Hoy es nuestro aniversario, hace siete años que estamos juntos, creo que la sorpresa le gustará. Ojalá me regale una sonrisa y por una vez deje de quejarse por cualquier estupidez y me diga: qué rico está. Sólo pido eso, tampoco necesito más. Tal vez un beso, un abrazo sincero, un silencio cómplice de nuestra alegría de compartir la vida. ¡Ya me estoy poniendo sentimental! Eso no me gusta, porque sentir las emociones a flor de piel a veces provoca heridas en el corazón. Acerco la nariz a la salsa y la huelo con auténtico frenesí. Porque la albahaca tiene un aroma fuerte, cálido, envolvente, intenso, penetrante.

Oigo el ruido de una llave girando en la cerradura, es él. Ha llegado pronto y la cena aún está tibia, no habrá que calentarla en el microondas, recién hecha está más buena. Me saluda, me abraza y aprovecho el tiempo que tarda en darse una ducha para poner la mesa. Cojo dos platos hondos, especiales para pasta, pongo los tallarines en el fondo y los cubro con varias cucharadas de salsa pesto. No lo muevo porque así queda más bonito. Ya lo moverá él si quiere para mezclar los sabores. Saco tenedores de la cubertería para ocasiones especiales, dos copas y servilletas rojas. La cena está servida, él se acerca a mí, no le oigo venir y cuando me toca la espalda me asusto. Él se ríe, yo le grito que no estoy para sustos y me abraza sin decir nada. Se sienta a la mesa, sonríe, hoy no se queja y me siento flotar en un mar de aceite con hojas de albahaca. ¿Qué celebramos hoy?, me pregunta, entonces toda la magia se desvanece.

NO se acuerda, no se ha dado cuenta de que la ensalada está aliñada con unas gotas extra de amor. No comprende que bajo la lechuga y el tomate y la patata cocida y el atún, se esconden las virutas de una emoción diluida con la certeza de saber que no estoy sola. Su olvido quema bajo la lengua y me atraganto. Bebo un sorbo de vino gaseado, sin embargo la frialdad no elimina la desilusión de mi rostro. ¿Qué pasa?, insiste él. Ya no te acuerdas, protesto, tanto esfuerzo para nada. Entonces él dice que lo siente, que se le había olvidado, pero que se alegra mucho de que siete años después sigamos juntos. Está muy rico, me dice, muy rico, muy rico. Y yo le quiero otra vez, porque la albahaca ha hecho su efecto. Creo que esta hierba comestible tan explosiva nos une, nos acerca, nos ofrece una vía para el encuentro o el entendimiento. Es la magia de los alimentos, cada uno posee unas propiedades y provoca sensaciones distintas en el estómago. Incluso hay alimentos muy potentes que acarician el alma o generan auténticos terremotos en el interior de nuestro cuerpo.

A veces arranco una ramita y me acerco sigilosamente a él, sin que se dé cuenta, le hago cosquillas en la nuca o en la espalda o en el brazo. Entonces se enfada, le pica y se rasca, gruñe. Pero a mí me resulta divertido hacerle cosquillas con la albahaca. Ahora ya no lo hago. Porque un día él cogió una ramita y se acercó sigilosamente hacia mí y empezó a hacerme cosquillas por todo el cuerpo. Me enfadé, grité, las cosquillas me picaban y me rasqué. Desde aquel día no hemos  vuelto a jugar a ese juego tan inocente y tan molesto para la persona que recibe las caricias aromáticas.

¿Sabías que la albahaca tiene múltiples usos terapéuticos? Esta planta, originaria de Persia y Asia Menor, es útil para combatir la depresión, el insomnio, el agotamiento y la jaqueca. También es diurética, digestiva, antiespasmódica, sedante, desinflamatoria, cicatrizante, antiséptica. Además, sirve para calmar irritaciones cutáneas, combatir el acné y disminuir los estados febriles. Activa el sistema inmunológico, aumenta los anticuerpos y es eficaz para tratar la faringitis o laringitis. Algunos expertos aseguran que posee propiedades afrodisíacas. ¡Qué poderosa es la albahaca! Cuando supe que mi hierba aromática preferida era capaz de hacer todo esto me convencí de que mi salud estaría garantizada. Tal vez la medicina natural no sea infalible, pero cualquier ayuda es buena para el cuerpo, ¿no? Ahora ya sabes los beneficios que estas hojitas verdes, olorosas y tan jugosas aportan a la dieta.

Sin embargo, la albahaca tiene algo misterioso y maravilloso que me estimula a buscar el lado positivo de la vida. Me gusta experimentar nuevas formas de utilizarla. Hace poco descubrí el aceite de albahaca, se prepara triturando en la batidora un manojo de hojas de albahaca fresca con aceite y después solo hay que colarlo. Es un aliño magnífico para las ensaladas, las patatas u otras verduras cocidas al vapor, también para los pescados a la plancha como el lenguado o el panga. Además, los hojaldres con tomates secos, albahaca y queso fundido son una delicia. A mis pizzas nunca les falta una pizca de albahaca y también le pongo un poquito a la salsa de tomate...

Porque la albahaca es como el perejil, sirve para todo, combina con todo, es barata, una planta fácil de cultivar, además da sabor, color, aroma. Muchas veces mi cocina huele a verduras y hierbas aromáticas: curry, jengibre, orégano, hierbabuena, nuez moscada, pimienta negra. Pero entre todos los aromas que flotan en el aire de mi cocina, siempre se percibe el absorbente perfume de la albahaca. No hace falta que te diga cuál es mi ingrediente secreto, ¿verdad? Pues sí, lo has adivinado, las hojas de albahaca fresca.



Maria Sentandreu

miércoles, 10 de julio de 2013

En las nubes



Soy una adolescente obsesionada con el primer amor. Tengo una flor en la mano y arranco los pétalos mientras canto: “me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere”. Pero sé que él me ama y estoy en las nubes, el universo gira al revés y las horas son una eternidad sin él. Tal vez mañana me dé el primer beso.


Maria Sentandreu

Collage de María Benavent

sábado, 12 de enero de 2013

Tenemos frío, Maria Sentandreu


TENEMOS FRÍO

Tengo frío, busco una manta y me acurruco en el sofá. Cierro los ojos, me relajo, viajo hacia atrás en el tiempo. Regreso al hogar de la infancia y la encuentro sentada en la escalera interior con la mirada perdida. Es una niña inquieta y risueña, pelo rubio, ojos azules. Tiene siete años, la necesidad de descubrir cómo es el mundo y un corazón lleno de fantasías inalcanzables. La miro y apenas la reconozco, pero sé quién es, cuáles son sus deseos y sus temores, recuerdo todos sus secretos.

También sé que el cambio de las estaciones provoca reacciones inesperadas en su cuerpo. Su estado de ánimo depende de la época del año: en primavera le invade la euforia, en verano se siente cansada, en otoño regresa la tristeza, en invierno simplemente se queda helada. Ahora es invierno y las dos tenemos frío, la observo con curiosidad pero ella no lo sabe. Se levanta, baja los tres escalones, entra en el salón y busca una silla pequeña para sentarse frente a la chimenea. Extiende las manos con las palmas abiertas y siente el calor de las llamas en los dedos. Mira el fuego como si fuera algo mágico, pero pronto le quema la cara y se aparta. Un escalofrío recorre su espalda de arriba abajo, se echa a temblar. Busca una manta, se acurruca en el sofá, cierra los ojos y deja volar su imaginación.

Ya es de noche, el viento ruge contra el cristal de la ventana, las primeras gotas de agua mojan la calzada y ella se incorpora para mirar la lluvia. Las nubes le gustan mucho y cuando llueve sonríe sin darse cuenta, también le gusta abrir la ventana y escuchar el sonido de la lluvia en silencio. Sin embargo ve un relámpago y cierra la ventana de golpe, pues tiene miedo a los truenos. Sigue lloviendo con fuerza, más relámpagos, más truenos; está nerviosa. Se aleja de la ventana, se cepilla los dientes y se pone el pijama. Tiene frío, así que busca su batín y las zapatillas de ir por casa. No tardará en irse a dormir.

Antes debe llevar a cabo el ritual de la bolsa de agua caliente. Entra en la cocina, el agua está hirviendo, ella aguanta la bolsa con las dos manos y su madre vierte el agua hasta llenarla. Enrosca el tapón y se abraza a ese trozo de goma de color rojo, es suya y no la comparte con nadie. Se va contenta a dormir porque siente el calor de la bolsa de agua caliente contra el pecho y, de repente, ya no le importa el frío. Se mete en la cama, se tapa hasta el cuello con las mantas y se pone la bolsa en los pies, siempre los tiene congelados. Se duerme.

Está nevando y su madre la despierta. Son las tres de la madrugada, pero nunca ha visto nevar y no puede evitar dar un salto de alegría ni salir corriendo hacia el patio. Hay un palmo de nieve, la toca y ríe a carcajadas. Le encanta coger un puñado y notar cómo se escurre entre los dedos, le hace cosquillas, sonríe. Coge otro pellizco de nieve y se la come. Le habían dicho que la nieve no tiene sabor, pero a ella le sabe a cielo líquido.

Vuelvo al presente, voy a la cocina, preparo dos tazas de chocolate y un plato de torrijas con mermelada de albaricoque. Lo hago para ella, porque era su desayuno favorito y a mí también me gusta. Me como la mitad y guardo el resto para mañana. Hace frío y subo la temperatura de la calefacción, ojalá tuviera una chimenea como la suya.

Maria Sentandreu

NOTA: relato publicado en la antología titulada cosecha de invierno, de Urania Ediciones.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Melodía secreta, María Benavent Benavent


Melodía secreta


Como el agua que fluye serena, aunque ávida de un nuevo curso, Virginia sentía  recorrer por su cuerpo marchito una inusitada brisa de esperanza. Sorprendida por la placidez de vientos renovados, abrió con sigilo la ventana de su desvencijada alcoba, fiel reflejo de su lacónica existencia, y paseó con desacostumbrada jovialidad un corazón entumecido que se había resistido a bombear a pleno pulmón, asfixiándola en el tedioso letargo de la melancolía. Sin embargo, una mujer tan juiciosa y mesurada como ella no debía dejarse llevar por vanas sensiblerías que tanto perjuicio causan entre las almas  excesivamente frágiles.

Ella, tan parca en palabras como sobria en emociones, se había propuesto deambular con tiento, sin sobresaltos, entre las sombras del recato y la soledad. El desamor, a golpe de voces desentonadas que no tienen el mismo eco y se pierden en el horizonte del silencio, puede romper todos los ritmos acompasados y desencajar la armonía de los sueños más ocultos. Así pues, presa de este amargo sentimiento, y en el otoño de su vida, había decidido podar sus más profundos anhelos, revistiéndose de una glacial cordura, sin imaginar que tiernas hojas de flor temprana brotarían a su paso para recordarle que aún era tiempo de retoñar. Pero, ¿qué le estaba sucediendo? Ni siquiera se reconocía...

Una lozana y seductora primavera le echaba el pulso a su adusta impasibilidad, la fascinaba con su voluptuosa presencia e intentaba socavar su establecido statu quo. Su desconcierto iba en aumento. Atrás iba quedando el soporífero transcurrir del invierno, que la había sumido en el eterno sueño de las vestales, acorazando el recuerdo de un tiempo mágico de hermosos poemas y enternecedoras cartas de amor. Su mirada vagaba sin rumbo en el infinito de sus pensamientos al recordar aquellas inolvidables letras de cariño que un noble caballero había grabado en su alma para siempre, cual melodía secreta jamás profanada. Una lágrima furtiva había logrado escapar de sus ojos cuando la suave luz de la mañana, coqueteando frente al espejo polvoriento, le devolvió la imagen de un objeto que creía desaparecido. Perpleja, no lograba entender cómo había llegado hasta allí tan preciado tesoro. Una diminuta caja de música de reluciente estaño cincelado asomaba tímidamente entre las sábanas, esperando que su dueña la liberara del olvido. Turbada ante el insólito hallazgo, fue incapaz de contener un llanto sostenido por los recuerdos y la distancia. ¡Sus cartas! Allí estaban, como bellas durmientes olvidadas, a la espera del mágico beso; como notas fugadas en busca del pentagrama de la ilusión, como agua de mayo estancada, muy a su pesar, deseosa de encontrar su verdadero camino. Sus cartas..., sus entrañables y reparadoras cartas de juventud...

El enardecido sol de mayo la observaba con descaro y se insinuaba sin pudor. Su mirada cómplice y su cálido despertar lograron resquebrajar todos sus cimientos, lo cual la sacaba de quicio. ¿Cómo osaba perturbar su temperada existencia? ¿Con qué insólita arrogancia se había atrevido a interrumpir el adagio de su reconfortante estado de hibernación? ¿Por qué misteriosas razones insistía en doblegar su aspereza, haciéndola danzar al son de una extraña y perturbadora melodía? No lo podía entender, más aún, no lo podía soportar.

Mas, a pesar de su empeño por disimular cualquier vestigio de emoción, Virginia contenía en su interior un torrente de agua embravecida que la arrastraba sin remisión y la obligaba a apagar definitivamente el Fuego Sagrado de Vesta. Sus desbordados sentimientos navegaban ahora en libertad escapando a la cautividad de unas aguas estancadas entre la frialdad y el dolor. Por fin se desvanecían todos sus miedos y sucumbían al inminente deshielo de su hierática pose, insostenible columna presta a convertirse en escombros. Sus cartas... reveladoras letras danzando al ritmo lento y acompasado de un nuevo amanecer...

Quizás era hora de resquebrajar la coraza del desencanto para escuchar con absoluto delirio la secreta sonata de primavera que florecía en su piel; tal vez era tiempo de soterrar la nostalgia y liberar las compuertas del deseo; quizás, tal vez quizás, debía rescatar la olvidada barra de carmín de su pequeña caja secreta, ponerse el mundo por montera y empezar a vivir... 

                                                                                                María Benavent Benavent